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04 Mar, 2021 ⏱️ 9 min de lectura

Morinobu Maeshiro Sensei. Corazón sincero

Morinobu Maeshiro Sensei. Corazón sincero

Corazón verdadero

Maeshiro Morinobu Sensei


Conocí a Maeshiro Morinobu Sensei a principio de los años 2000. De aquella época hasta la actualidad, sus cabellos cambiaron de color, mas su sonrisa jamás perdió su brillo. De todos los maestros de karate que he conocido en mi vida, hoy elegí hablar de él, no tanto por su transmisión técnica, sino por todo lo que me enseñó de cómo debe ser y comportarse un verdadero maestro de karate.

Un tiempo atrás, visité por primera vez su dojo en Okinawa. Sensei Maeshiro es actualmente presidente de la Federación de Karate de Naha, vicepresidente de la Okinawa Shorin Ryu Kyokai, jefe técnico de la Kyokai, ha sido jefe de árbitros del Mundial 2018 de Okinawa y ostenta el grado de 10.o dan. Además, es considerado tesoro cultural intangible de Japón desde que tuvo oportunidad de hacer una exhibición frente al emperador. Cuando llegamos al aeropuerto de Naha, fue a recibirnos él mismo en persona junto a su esposa (foto 1). Yo fui invitado amablemente esa vez por el maestro argentino Héctor González Ceballos y algunos de sus alumnos ya que el Shorin Ryu no es mi estilo directo de práctica. Si bien durante ese viaje pude entrenar con muchos maestros de todos los estilos okinawenses, fue de Maeshiro de quien me guardo algunos de los mejores recuerdos.

El primer día de mi estadía fuimos a visitar a Sensei a su dojo. Mientras viajábamos en taxi hacia su escuela, recuerdo que pensé que semejante maestro debía tener muchísimos alumnos y un gran dojo desde donde manejaba tamaña responsabilidad de su cargo a nivel mundial. No fue así. Grande fue mi sorpresa cuando ingresamos a un pequeño dojo con paredes blancas y piso de madera mientras saludaba con una inclinación. Al levantar la vista, vi a Sensei enseñando karate a dos pequeños niños de no más de 8 años (foto 2). Mi confundido pensamiento occidental no me permitía salir de mi asombro. Este maestro, a pesar de dictar seminarios y de enseñar y preparar a maestros alrededor del mundo, jamás dejó de enseñar a los niños de su comunidad, sean la cantidad que sean y tengan el grado que tengan. Luego de la clase de niños, comenzó nuestra clase, al final de la que intercambiamos obsequios que guardo con mucho cariño (foto 3), especialmente una caligrafía de “makoto” que se traduce como “sinceridad” o “corazón verdadero” escrita por Maeshiro, quien, por cierto, además es maestro de shodo (foto 4). No creo equivocarme si digo que ese kanji es el que mejor define a Sensei Maeshiro. Todo lo que se ve en él es sincero. No hay distorsiones entre lo que el alumno percibe y lo que el maestro es. Gran cualidad en un docente en nuestros tiempos. Hablamos de un hombre que no tuvo reparos en llevar a la delegación a conocer el mausoleo de Anko Itosu Sensei y de explicar algo que no muchos saben: las historias escondidas detrás de la piedra principal del mausoleo que, al estar tan cerca de la pared, suele pasar desapercibidas al visitante (foto 5). Su “corazón verdadero” tuvo también la deferencia de llevar a conocer a su maestro Katsuya Miyahira mientras aún vivía y quien por aquella época estaba en una residencia de personas mayores. No estoy muy seguro de que haya muchas imágenes del maestro Miyahira de aquella época, así que hoy la comparto con los lectores (foto 6). Pasados los años, y ya sin su maestro, volvió a guiar a los practicantes argentinos que lo visitaban, pero esta vez, a su tumba, de la que tampoco hay mayores registros (foto 7).

Fue en honor a su maestro Miyahira que fuimos al que había sido su dojo, que se mantenía abierto como sede central del Shorin Ryu Shidokan y donde se juntaban a entrenar los más altos grados de ese estilo. Recuerdo que ese día hacía un calor y una humedad insoportables, aunque muy comunes por aquellas tierras. Al llegar al frente del viejo dojo, esperamos a una distancia prudencial de la puerta de ingreso. Me habían dicho que era descortés llegar antes que los maestros, así que, una vez que llegaron los instructores que tenían la llave, ingresamos al dojo detrás de ellos. Este dojo es como muchos otros de la isla: muy pequeño. Este en especial, además, tenía un fuerte olor a encierro, ya que se abría solamente para una clase al día dos veces por semana. Funciona a la vez como museo, donde se guardan reliquias y recuerdos de los viajes de Miyahira Sensei por el mundo. Allí hay libros, armas, dibujos y cuadros de antiguos maestros, entre los que pude distinguir a Matsumura, Itosu, Chibana, Motobu y al propio Miyahira. Al abrir las ventanas, ¡solo entraba más calor! Cuando apareció Maeshiro Sensei, se cambió rápidamente y comenzó con trabajos de estiramiento. Realmente me asombró su flexibilidad, considerando la edad del maestro (fotos 8, 9 y 10). Inmediatamente, abrió unos ventanales de vidrio que daban a un pasillo externo donde están ubicados los viejos makiwaras y getas para complementar los entrenamientos. ¡Karate “old school”, como dirían mis amigos! Y allí mismo, comenzó a golpear los makiwaras (foto 11). No pensaba perderme esa oportunidad de entrenar a su lado y así comencé yo también con mi trabajo. Sin perder jamás su sonrisa, se acercó a corregir mi postura (foto 12). De a poco, fueron llegando más practicantes hasta completar un número de veinte. Todos maestros de avanzada edad y ninguno con grado menor a 7.o dan. Comenzó la clase, y yo traté de seguir al grupo, ya que, como dije anteriormente, ese no era mi estilo. Varias décadas de karate me facilitaron el trabajo “improvisado” de armonizar con los maestros, pero estoy más que seguro que todos se dieron cuenta de que esa línea de karate no me era familiar. Sin embargo, nadie me lo hizo sentir en ningún momento. Nadie me preguntó mi grado ni de qué estilo provenía. Nadie me hizo mala cara por estar en el lugar más sagrado del Shorin Ryu mundial tratando de seguir los kata lo más respetuosamente posible entre un grupo de ancianos que seguramente tenían más de medio siglo cada uno practicando. Esto me llevó a pensar en cómo se desvirtúa, a veces, el mensaje de las artes marciales, cómo se malinterpreta el sentido de la verticalidad y cómo a veces, se le da más importancia a los títulos y grados antes que al ser humano. Recordé las viejas rencillas de los países de occidente por algún cargo federativo, por un puesto en alguna organización o simplemente por ver quién sabe más. Aquí no había nada de eso. ¡Realmente todos esos maestros estaban disfrutando de la práctica! ¡Tan simple como eso! Algo en mi interior me decía que lo que me iba a llevar de este lugar no era la “técnica secreta”, sino un profundo sentimiento hacia las artes marciales, tal como deberían ser practicadas. Al final de la clase, los maestros armaron una ronda y nos invitaron a sentarnos a compartir unos dulces con té frío mientras charlaban animadamente y reían. En ese momento, pude apreciar, colgado sobre una de sus paredes, un cuadro con la frase en kanji, “Mano de Demonio, Mente de Buda” (foto 13).

Este concepto, a veces traducido como “guerrero espiritual”, tan utilizado en karate, hace referencia a desarrollar la técnica y las armas naturales del cuerpo con el mayor compromiso, pero sin perder nunca una actitud compasiva y de humildad. Lo que muchos no saben es el verdadero origen de esa frase. Estas palabras las utilizaban los médicos cirujanos del antiguo Japón apoyándose en la creencia de que, por más que sus manos tuvieran que provocar un daño en el cuerpo de otra persona mediante una cruenta cirugía, si la mente tenía un pensamiento correcto según los preceptos budistas, el paciente mejoraría, y se lograría el objetivo de ayudarlo en su salud. Aquel día, sin dudas, estuve rodeado de muchas Manos de Demonio pero, por encima de todo, estuve rodeado de muchas Mentes de Buda, todas dirigidas por alguien a quien, desde ese día, comencé a llamar “el Caballero del Karate”. Morinobu Maeshiro Sensei. Un corazón sincero…